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Posted by
Guadalupe Duggan
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2007-09-05 12:44
BIODIVERSIDAD Y ESTÉTICA DEL PAISAJE EN EL MEDIO URBANO
Tanto los arquitectos del paisaje como los investigadores de éste, están llegando a reconocer que los principios frecuentemente invocados para mejorar las cualidades visuales del paisaje, entran en conflicto con los principios de manejo de los ecosistemas para maximizar la biodiversidad. (Es precisamente la búsqueda de armonía entre estos principios lo que hace un verdadero PAISAJISTA). Para muchos arquitectos del paisaje, la estética ha sido siempre tenida en cuenta como un propósito no objetable en el manejo de los ecosistemas entre los que se encuentran los de bosque; el manejo para la producción de bienes de estos ecosistemas propicia también valores estéticos. Esta posición ha sido recientemente cuestionada por aquellos que le asignan valor a un bien de “no consumo” como es la biodiversidad. Como los estéticos, los valores de la biodiversidad están ganando cada vez más atención por parte de grupos de ciudadanos y silvicultores y están definiendo como los arquitectos del paisaje y otros profesionales piensan con relación al manejo de los recursos del bosque.
Gobster (1996), señala que existen diferencias en el modo como la gente percibe la estética del bosque y en como los investigadores y silvicultores manejan, conceptualizan y miden la estética (no todos lo hacen). Lo anterior dificulta una salida fácil y sugiere como aporte a la solución de la contradicción, pensar mas en términos de una estética con bases ecológicas que en una estética escénica, para administrar los recursos del bosque; una estética ecológica requiere la redefinición de cómo vemos el paisaje así como nuestro lugar en él.
El mismo Gobster, cita varios autores que identifican la influencia de toda una serie de factores en las preferencias por el paisaje así: la edad, el género, la raza, el lugar de origen y las actividades recreativas, además, para algunos investigadores, existen causas evolutivas detrás de ciertas preferencias por un paisaje (Apletton, 1975 y Kaplan y Kaplan 1989); entre todos los factores, nuestra historia y la cultura dominante, se han identificado como los que han jugado un papel mayor en moldear nuestras preferencias por el paisaje, como lo sostienen Cox (1985); Huth (1972) y Nash (1982).
Las preferencias en la cultura occidental por el paisaje natural se originaron influenciados por una tradición de pintores del paisaje y teoría estética que empezó en Europa en los siglos XVII y XVIII. Los pintores de paisajes a menudo estilizaban la naturaleza que veían, y componían escenas adoptando cuidadosamente los principios del diseño formal. Estas técnicas de composición fueron emuladas por los diseñadores de paisaje que crearon parques y jardines públicos a imagen de dichas pinturas, de tal modo que la escena estética se convirtió en el modo dominante de apreciar el paisaje (Gobster, 1996).
Muchos esfuerzos de investigación han explorado la naturaleza de la estética del paisaje y tienden a enfocar su atención en la escena estética, preguntándole a la gente cual es la belleza escénica o la calidad visual del paisaje bajo estudio; en consecuencia, la escena estética es conceptualizada como perceptual y como reacción afectiva al paisaje sobre el cual los observadores hacen una evaluación rápida, (Gobster, 1996).
Tanto las prácticas del manejo de los recursos visuales como la investigación han sido exitosas en orientar la estética del paisaje, sacando a la luz un tema poco reconocido tiempo atrás, enfatizando los atributos visuales dramáticos y pictóricos de la naturaleza, tratando de este modo el paisaje como una composición estática formal, conceptualizando y midiendo solamente los aspectos visuales, afectivos y perceptuales de la respuesta a la estética humana, se limitan el rango y profundidad de las oportunidades estéticas que se proporcionan al público. Las consecuencias son desafortunadas y se vuelven fundamentales cuando se intenta manejar el paisaje por diversidad y valores estéticos, pues algunas prácticas para mejorar la biodiversidad pueden ir en contra de las prácticas e investigaciones para promover la calidad visual del ecosistema, o para mitigar los impactos visuales del aprovechamiento de la biota. Algunos ejemplos ilustran el conflicto potencial entre la biodiversidad y las metas estéticas así:
- La remoción de los restos que quedan al aprovechar el bosque. Las prácticas que afectan la abundancia y distribución de estos restos y de la madera que cae naturalmente, se identifican como contrarias al incremento de la biodiversidad (Hunter, 1990).
- El tamaño de los árboles y los árboles viejos. Algunos investigadores sugieren que si las especies dominantes en un rodal sobremaduran, el valor escénico tiende a decrecer por la presencia tanto de árboles muertos en pie como de madera caída. Hunter, 1990, conceptúa que muchos bosques viejos no corresponden a los patrones estéticos de la gente, pues pueden carecer de árboles gigantes sobresalientes o tener muchos árboles muertos o en proceso de muerte y como la biodiversidad de los bosques viejos está mas bien relacionada con los materiales muertos y en descomposición que con los árboles que permanecen en pie, esta última se ve afectada.
- Sistemas silviculturales. Las preferencias visuales usualmente coinciden con el grado de alteración percibido; las áreas aclaradas se prefieren a los bosques no manejados. Algunos estudios han mostrado que un rodal intervenido levemente, en el cual se reduce tanto el material muerto y los estratos inferiores del dosel, con lo cual se incrementa la penetración visual, se prefiere al rodal no manejado (Brush, 1978; McCool y Benson, 1988; Patey y Evans, 1979; Ruddel y otros, 1989). Los bosques en las primeras etapas sucesionales aparecen mas desorganizados que los bosques clímax donde con frecuencia los estratos inferiores no existen por la carencia de luz, dado que esta es captada por los árboles del dosel.
- Desde el punto de vista de la diversidad. Las técnicas de manejo para bosques coetáneos y disetáneos que promueven la altura y una estructura vertical variada, pueden favorecer mayor biodiversidad; por otro lado, las técnicas que reducen la heterogeneidad estructural, como se aprecia en los rodales con prototipos de parque de árboles maduros, con una cubierta herbácea y pocos estratos vegetales internos, pueden ser escénicamente populares, pero comprometen los objetivos por una mayor biodiversidad.
- Tamaño del claro, forma y distribución. A pesar del uso frecuente de técnicas de manejo para bosques coetáneos y su efecto sobre la calidad escénica, pocos investigadores han mirado como percibe la gente los varios métodos para reducir el impacto visual. El sentido común, así como algunas investigaciones, indican que los claros más pequeños se prefieren a los grandes. Ruddell y Hammitt, en 1987, también encontraron preferencias visuales por bordes bien definidos y manejados en bosques para la recreación. Por otro lado las técnicas de planeación de corredores, como elementos del paisaje útiles en la recuperación de la biodiversidad, a menudo se centran en el incremento de la variedad de bordes vertical y horizontal entre el bosque y los claros, a reducir las líneas contrastantes y a emular los claros naturales; estas técnicas pueden mejorar el hábitat para especies de borde, aunque afectan negativamente las de interior. Dado que cuando se incrementa la cantidad de borde, el interior del ecosistema se invade de malezas y de depredadores que desplazan a las especies nativas; adicionalmente, un incremento en la fragmentación del bosque puede reducir la diversidad global de especies, inclusive a las mas viejas y puede hacer el interior del rodal susceptible a patógenos, fuegos y vientos fuertes. (Franklin y Forman, 1987).
¿Puede una estética ecológica favorecer la solución a la contradicción entre biodiversidad y estética escénica?. Como un modo de apreciación del paisaje, la estética escénica funcionará bien para algunos tipos de espacios abiertos, en particular parques urbanos, pero para paisajes donde los valores ecológicos son tenidos en cuenta se debe superar la apreciación superficial de la naturaleza, pues mientras, en la estética escénica el propósito de placer es primario y este se obtiene de ver el paisaje independientemente de su integridad ecológica; en la estética ecológica, el placer es secundario y se deriva de conocer el paisaje y su ajuste ecológico. Estas diferencias planteadas por Gobster, 1996, cambian el centro de nuestra relación con el paisaje desde uno homocéntrico a uno más biocéntrico. En el contexto de la estética, la idea de Rosenberg (1986), de un “humanismo ecológico”, puede ser mas apropiada la conceptualización de la relación donde las necesidades de los humanos y las del ambiente convergen. De esta manera, se enlazan la estética con la ecología y con la ética como bien lo expresaba Leopold, 1949, en su “Land Ethic”: “una cosa es correcta cuando tiende a preservar la integridad, la estabilidad y la belleza de la comunidad biótica”. Este cambio de enfoque, también cambia nuestra idea de la percepción desde un proceso que es visual inmediato y principalmente afectivo, a uno que demanda la participación de todos nuestros sentidos y de nuestra inteligencia para ver.
En la estética ecológica el placer se deriva de conocer cómo las partes del paisaje se relacionan con el todo, por ejemplo, cómo la presencia de especies indicadoras ocurre en un ecosistema intacto. Estos hechos dotan al paisaje con significados simbólicos profundos en tanto que la composición visual es a menudo apreciada por lo que es. Las cosas que vemos en el paisaje también cambian a medida que se cambia el foco desde una estética escénica a una estética ecológica; los elementos visuales dramáticos de lo pintoresco continúan proporcionando placer estético, pero también lo proporcionan los paisajes de los ecosistemas más sutiles y comunes. La belleza de estos lugares, sin embargo, requiere una exploración mas profunda de sus cualidades; la apreciación de las propiedades extra-visuales del paisaje tanto como la dinámica del cambio, que ha menudo preceden las percepciones del paisaje como si fueran una composición estática.
La estética ecológica requiere la apreciación del paisaje como participante activo, no pasivamente como si fuera una pintura o un objeto de arte, exige relacionarse con él como un paisaje viviente. A través de esas interacciones se deben desarrollar diálogos que ayudan reconocer un lugar en la tierra y a conocerse como humano.
Investigaciones recientes, en los países de estaciones, con relación a los paisajes preferidos por la gente, concluyeron que los ecosistemas de sabanas arboladas son mas valorados que los de bosques de coníferas, y que los deciduos mas que los de bosques tropicales y los desiertos (Balling y Falk, 1982, citados por Gobster, 1994). En el contexto de los parques urbanos el mismo Gobster encontró que los niños de la ciudad preferían las sabanas a los bosques, humedales y praderas.
Algunos estudios identifican varios atributos estructurales fuertemente ligados a las preferencias estéticas así: preferencias por los árboles maduros en los parques y en los ambientes boscosos, por las plantaciones homogéneas en contraposición a los bosques naturales multiestratificados dado el carácter mas abierto del primero. A este respecto, Schroeder y Green, 1985, encontraron que la densidad óptima en áreas para la recreación pasiva oscilaba entre 100 y 160 árboles maduros/hectárea. Con relación a la forma de los árboles Cook (1972), encontró que la gente asignaba mayor valor a los árboles ramificados y con un tronco grueso.
Los atributos que prefiere la gente tienen que ver mas con los componentes estructurales que con su función ecológica. De hecho, muchos de los paisajes urbanos y rurales que tienen el carácter estructural de sabana, no obstante presentar menor diversidad y haber sido manejados afectando muchas de sus funciones ecológicas, son mas valorados por la gente; igual sucede con los pastos homogéneos o podados en los parques (Kaplan, 1984); los pastos artificializados son ideales de belleza en áreas suburbanas (Nassauer, 1993), también es notoria la popularidad de especies de árboles de rápido crecimiento y no nativas en parques y corredores de calles (Nowak y Sydnor, 1992; Kielbaso y otros, 1988).
Una aproximación a una estética ecológica en los ambientes urbanos podrá ayudar a resolver muchos de los conflictos que ahora ocurren cuando se hacen intervenciones para favorecer la estética escénica, sin consideración por los valores de la biodiversidad. (Gobster, 1996).
Tanto los arquitectos del paisaje como los investigadores de éste, están llegando a reconocer que los principios frecuentemente invocados para mejorar las cualidades visuales del paisaje, entran en conflicto con los principios de manejo de los ecosistemas para maximizar la biodiversidad. (Es precisamente la búsqueda de armonía entre estos principios lo que hace un verdadero PAISAJISTA). Para muchos arquitectos del paisaje, la estética ha sido siempre tenida en cuenta como un propósito no objetable en el manejo de los ecosistemas entre los que se encuentran los de bosque; el manejo para la producción de bienes de estos ecosistemas propicia también valores estéticos. Esta posición ha sido recientemente cuestionada por aquellos que le asignan valor a un bien de “no consumo” como es la biodiversidad. Como los estéticos, los valores de la biodiversidad están ganando cada vez más atención por parte de grupos de ciudadanos y silvicultores y están definiendo como los arquitectos del paisaje y otros profesionales piensan con relación al manejo de los recursos del bosque.
Gobster (1996), señala que existen diferencias en el modo como la gente percibe la estética del bosque y en como los investigadores y silvicultores manejan, conceptualizan y miden la estética (no todos lo hacen). Lo anterior dificulta una salida fácil y sugiere como aporte a la solución de la contradicción, pensar mas en términos de una estética con bases ecológicas que en una estética escénica, para administrar los recursos del bosque; una estética ecológica requiere la redefinición de cómo vemos el paisaje así como nuestro lugar en él.
El mismo Gobster, cita varios autores que identifican la influencia de toda una serie de factores en las preferencias por el paisaje así: la edad, el género, la raza, el lugar de origen y las actividades recreativas, además, para algunos investigadores, existen causas evolutivas detrás de ciertas preferencias por un paisaje (Apletton, 1975 y Kaplan y Kaplan 1989); entre todos los factores, nuestra historia y la cultura dominante, se han identificado como los que han jugado un papel mayor en moldear nuestras preferencias por el paisaje, como lo sostienen Cox (1985); Huth (1972) y Nash (1982).
Las preferencias en la cultura occidental por el paisaje natural se originaron influenciados por una tradición de pintores del paisaje y teoría estética que empezó en Europa en los siglos XVII y XVIII. Los pintores de paisajes a menudo estilizaban la naturaleza que veían, y componían escenas adoptando cuidadosamente los principios del diseño formal. Estas técnicas de composición fueron emuladas por los diseñadores de paisaje que crearon parques y jardines públicos a imagen de dichas pinturas, de tal modo que la escena estética se convirtió en el modo dominante de apreciar el paisaje (Gobster, 1996).
Muchos esfuerzos de investigación han explorado la naturaleza de la estética del paisaje y tienden a enfocar su atención en la escena estética, preguntándole a la gente cual es la belleza escénica o la calidad visual del paisaje bajo estudio; en consecuencia, la escena estética es conceptualizada como perceptual y como reacción afectiva al paisaje sobre el cual los observadores hacen una evaluación rápida, (Gobster, 1996).
Tanto las prácticas del manejo de los recursos visuales como la investigación han sido exitosas en orientar la estética del paisaje, sacando a la luz un tema poco reconocido tiempo atrás, enfatizando los atributos visuales dramáticos y pictóricos de la naturaleza, tratando de este modo el paisaje como una composición estática formal, conceptualizando y midiendo solamente los aspectos visuales, afectivos y perceptuales de la respuesta a la estética humana, se limitan el rango y profundidad de las oportunidades estéticas que se proporcionan al público. Las consecuencias son desafortunadas y se vuelven fundamentales cuando se intenta manejar el paisaje por diversidad y valores estéticos, pues algunas prácticas para mejorar la biodiversidad pueden ir en contra de las prácticas e investigaciones para promover la calidad visual del ecosistema, o para mitigar los impactos visuales del aprovechamiento de la biota. Algunos ejemplos ilustran el conflicto potencial entre la biodiversidad y las metas estéticas así:
- La remoción de los restos que quedan al aprovechar el bosque. Las prácticas que afectan la abundancia y distribución de estos restos y de la madera que cae naturalmente, se identifican como contrarias al incremento de la biodiversidad (Hunter, 1990).
- El tamaño de los árboles y los árboles viejos. Algunos investigadores sugieren que si las especies dominantes en un rodal sobremaduran, el valor escénico tiende a decrecer por la presencia tanto de árboles muertos en pie como de madera caída. Hunter, 1990, conceptúa que muchos bosques viejos no corresponden a los patrones estéticos de la gente, pues pueden carecer de árboles gigantes sobresalientes o tener muchos árboles muertos o en proceso de muerte y como la biodiversidad de los bosques viejos está mas bien relacionada con los materiales muertos y en descomposición que con los árboles que permanecen en pie, esta última se ve afectada.
- Sistemas silviculturales. Las preferencias visuales usualmente coinciden con el grado de alteración percibido; las áreas aclaradas se prefieren a los bosques no manejados. Algunos estudios han mostrado que un rodal intervenido levemente, en el cual se reduce tanto el material muerto y los estratos inferiores del dosel, con lo cual se incrementa la penetración visual, se prefiere al rodal no manejado (Brush, 1978; McCool y Benson, 1988; Patey y Evans, 1979; Ruddel y otros, 1989). Los bosques en las primeras etapas sucesionales aparecen mas desorganizados que los bosques clímax donde con frecuencia los estratos inferiores no existen por la carencia de luz, dado que esta es captada por los árboles del dosel.
- Desde el punto de vista de la diversidad. Las técnicas de manejo para bosques coetáneos y disetáneos que promueven la altura y una estructura vertical variada, pueden favorecer mayor biodiversidad; por otro lado, las técnicas que reducen la heterogeneidad estructural, como se aprecia en los rodales con prototipos de parque de árboles maduros, con una cubierta herbácea y pocos estratos vegetales internos, pueden ser escénicamente populares, pero comprometen los objetivos por una mayor biodiversidad.
- Tamaño del claro, forma y distribución. A pesar del uso frecuente de técnicas de manejo para bosques coetáneos y su efecto sobre la calidad escénica, pocos investigadores han mirado como percibe la gente los varios métodos para reducir el impacto visual. El sentido común, así como algunas investigaciones, indican que los claros más pequeños se prefieren a los grandes. Ruddell y Hammitt, en 1987, también encontraron preferencias visuales por bordes bien definidos y manejados en bosques para la recreación. Por otro lado las técnicas de planeación de corredores, como elementos del paisaje útiles en la recuperación de la biodiversidad, a menudo se centran en el incremento de la variedad de bordes vertical y horizontal entre el bosque y los claros, a reducir las líneas contrastantes y a emular los claros naturales; estas técnicas pueden mejorar el hábitat para especies de borde, aunque afectan negativamente las de interior. Dado que cuando se incrementa la cantidad de borde, el interior del ecosistema se invade de malezas y de depredadores que desplazan a las especies nativas; adicionalmente, un incremento en la fragmentación del bosque puede reducir la diversidad global de especies, inclusive a las mas viejas y puede hacer el interior del rodal susceptible a patógenos, fuegos y vientos fuertes. (Franklin y Forman, 1987).
¿Puede una estética ecológica favorecer la solución a la contradicción entre biodiversidad y estética escénica?. Como un modo de apreciación del paisaje, la estética escénica funcionará bien para algunos tipos de espacios abiertos, en particular parques urbanos, pero para paisajes donde los valores ecológicos son tenidos en cuenta se debe superar la apreciación superficial de la naturaleza, pues mientras, en la estética escénica el propósito de placer es primario y este se obtiene de ver el paisaje independientemente de su integridad ecológica; en la estética ecológica, el placer es secundario y se deriva de conocer el paisaje y su ajuste ecológico. Estas diferencias planteadas por Gobster, 1996, cambian el centro de nuestra relación con el paisaje desde uno homocéntrico a uno más biocéntrico. En el contexto de la estética, la idea de Rosenberg (1986), de un “humanismo ecológico”, puede ser mas apropiada la conceptualización de la relación donde las necesidades de los humanos y las del ambiente convergen. De esta manera, se enlazan la estética con la ecología y con la ética como bien lo expresaba Leopold, 1949, en su “Land Ethic”: “una cosa es correcta cuando tiende a preservar la integridad, la estabilidad y la belleza de la comunidad biótica”. Este cambio de enfoque, también cambia nuestra idea de la percepción desde un proceso que es visual inmediato y principalmente afectivo, a uno que demanda la participación de todos nuestros sentidos y de nuestra inteligencia para ver.
En la estética ecológica el placer se deriva de conocer cómo las partes del paisaje se relacionan con el todo, por ejemplo, cómo la presencia de especies indicadoras ocurre en un ecosistema intacto. Estos hechos dotan al paisaje con significados simbólicos profundos en tanto que la composición visual es a menudo apreciada por lo que es. Las cosas que vemos en el paisaje también cambian a medida que se cambia el foco desde una estética escénica a una estética ecológica; los elementos visuales dramáticos de lo pintoresco continúan proporcionando placer estético, pero también lo proporcionan los paisajes de los ecosistemas más sutiles y comunes. La belleza de estos lugares, sin embargo, requiere una exploración mas profunda de sus cualidades; la apreciación de las propiedades extra-visuales del paisaje tanto como la dinámica del cambio, que ha menudo preceden las percepciones del paisaje como si fueran una composición estática.
La estética ecológica requiere la apreciación del paisaje como participante activo, no pasivamente como si fuera una pintura o un objeto de arte, exige relacionarse con él como un paisaje viviente. A través de esas interacciones se deben desarrollar diálogos que ayudan reconocer un lugar en la tierra y a conocerse como humano.
Investigaciones recientes, en los países de estaciones, con relación a los paisajes preferidos por la gente, concluyeron que los ecosistemas de sabanas arboladas son mas valorados que los de bosques de coníferas, y que los deciduos mas que los de bosques tropicales y los desiertos (Balling y Falk, 1982, citados por Gobster, 1994). En el contexto de los parques urbanos el mismo Gobster encontró que los niños de la ciudad preferían las sabanas a los bosques, humedales y praderas.
Algunos estudios identifican varios atributos estructurales fuertemente ligados a las preferencias estéticas así: preferencias por los árboles maduros en los parques y en los ambientes boscosos, por las plantaciones homogéneas en contraposición a los bosques naturales multiestratificados dado el carácter mas abierto del primero. A este respecto, Schroeder y Green, 1985, encontraron que la densidad óptima en áreas para la recreación pasiva oscilaba entre 100 y 160 árboles maduros/hectárea. Con relación a la forma de los árboles Cook (1972), encontró que la gente asignaba mayor valor a los árboles ramificados y con un tronco grueso.
Los atributos que prefiere la gente tienen que ver mas con los componentes estructurales que con su función ecológica. De hecho, muchos de los paisajes urbanos y rurales que tienen el carácter estructural de sabana, no obstante presentar menor diversidad y haber sido manejados afectando muchas de sus funciones ecológicas, son mas valorados por la gente; igual sucede con los pastos homogéneos o podados en los parques (Kaplan, 1984); los pastos artificializados son ideales de belleza en áreas suburbanas (Nassauer, 1993), también es notoria la popularidad de especies de árboles de rápido crecimiento y no nativas en parques y corredores de calles (Nowak y Sydnor, 1992; Kielbaso y otros, 1988).
Una aproximación a una estética ecológica en los ambientes urbanos podrá ayudar a resolver muchos de los conflictos que ahora ocurren cuando se hacen intervenciones para favorecer la estética escénica, sin consideración por los valores de la biodiversidad. (Gobster, 1996).
Definición de paisaje
Ana Maria Monsalve Cuartas
Desde la Ecología del Paisaje……..
El término paisaje tiene diferentes interpretaciones, Turner (1987), citado por Cook (2002) escribe que inicialmente el término se utilizó para hacer referencia a un área geográfica o a un distrito pero que luego este concepto cayó en desuso y fue reemplazado, en la literatura inglesa, por la palabra holandesa landschap, la posterior reintroducción al inglés se hizo asignándole al término el significado de una representación pictórica. El uso del término, evolucionado para el siglo XIX, incorpora aspectos de la limitada primera definición e introduce el conocimiento contemporáneo de ciencias tales como la geología y geografía. En la modernidad el término se utiliza para designar un área con sus características y hechos distintivos considerada como un producto de los procesos y agentes que intervienen en su formación (se incluyen los grupos humanos con sus percepciones y cultura) (Cook, 2002). Un paisaje se define como un área heterogénea compuesta de un mosaico de ecosistemas que interactúan y que difieren estructuralmente en la distribución de especies, energía y materiales. Los elementos o ecosistemas constitutivos se reconocen como fragmentos, corredores y la matriz que los contiene. Los paisajes difieren funcionalmente en sus flujos de especies, energía y materiales, entre sus elementos estructurales. Es posible reconocer en los paisajes características que hacen alusión a la estructura, la función y la dinámica, respectivamente. Cada ecosistema individual a la escala de un paisaje, puede ser reconocido como un fragmento con una amplitud significativa, como un fragmento estrecho o corredor, o como una matriz que puede variar en forma, tamaño, tipo y configuración. La estructura del paisaje está relacionada con el número, tipo, patrones de distribución y configuración espacial de los elementos del paisaje. La función tiene que ver con las interacciones entre los elementos del paisaje, esto es, flujos de energía, materiales y especies entre los ecosistemas componentes. Por dinámica se entiende la alteración de la estructura y función del mosaico ecológico con el tiempo. (Forman, 1995).
• En el ámbito anglosajón las raíces etimológicas del paisaje radican en las conexiones sustanciales entre un colectivo humano (denotado por los sufijos -schaft, -ship, -scape) y sus derechos públicos o de usufructo sobre los recursos naturales de un área delimitada (land) como está establecido en el derecho consuetudinario. Pero desde su aparición en la lengua inglesa a finales del siglo XVI, este uso se ha subordinado siempre al del paisaje como un área de tierra visible para el ojo humano desde una posición estratégica.
• Definición de la Convención Europea del Paisaje .- "Cualquier parte del territorio,
tal como es percibida por las poblaciones, cuyo carácter resulta de la acción de factores naturales y/o humanos y de sus interrelaciones".
• “Landscape”, dos interpretaciones para un mismo término .-
- En inglés británico, el paisaje está claramente humanizado; sus cualidades, similares a las de un jardín, constituyen un criterio de juicio estético significativo.
- En inglés americano, por el contrario, el paisaje es la naturaleza en estado puro donde la evidencia de la presencia humana es mínima y preferiblemente inexistente.
Paisaje es, según Bertrand , en una cierta porción del espacio terrestre, el resultado
de la combinación dinámica y, por tanto, inestable de elementos físicos, biológicos y
antrópicos que interactúan dialécticamente unos sobre otros, haciendo del paisaje un
conjunto único e indisociable en evolución permanente.
Elementos físicos, o factores abióticos, son el relieve o geomorfología, la geología, el
clima, el suelo y las aguas…
Elementos biológicos son la flora, la fauna y los ecosistemas. La vegetación, por su
sensibilidad y rapidez de adaptación, es muchas veces la clave que nos indica la relación entre medio natural y acción antrópica...
La acción antrópica busca aprovechar unas condiciones naturales, aunque no siempre de la forma más eficaz (fórmulas impuestas a las comunidades humanas por instancias de poder). La acción antrópica sobre el medio natural no sólo incide por el uso (los humanos como una variable más del sistema) sino por la interpretación que se hace del paisaje, atribuyéndole valores y cualidades…
Los paisajes tienen un diferente grado de “naturalidad”, según escala y según grado de transformación (entre un paisaje urbano y uno de alta montaña, entre un pequeño lago y una cordillera)... Pueden definirse unidades paisajísticas homogéneas, interpretando el paisaje como visualización de estructuras subyacentes resultado de la interacción medio – acción antrópica… el paisaje refleja la historia (natural y humana), los usos y las tendencias…